Esta semana, los “therians” saltaron de la sección de recomendaciones a los medios de comunicación: chicos con máscaras, moviéndose en cuatro patas, como si fueran un nuevo yo. Y surge el reflejo: reír, alarmarse, diagnosticar. Psicólogos consultados advierten que el fenómeno no debe simplificarse ni ridiculizarse automáticamente.
Pero la criatura más extraña en esta historia no es el niño que finge ser un lobo, es la máquina que premia la versión más legible de ese lobo.
La IA de recomendación, esa que hoy define los algoritmos de las redes sociales, no puede sentir la identidad, solo mide comportamiento. Por eso nos empuja hacia lo que es más fácil de reconocer, repetir y monetizar: los mismos sonidos, los mismos hashtags, los mismos ángulos de cámara, el mismo movimiento de cola. Con el tiempo, el feed deja de reflejar quién eres y empieza a proponerte quién podrías ser, porque las propuestas generan engagement. El algoritmo no pregunta “¿Es esto verdad?”, pregunta “¿Lo compartirás?”.
Eso importa para la salud mental. En la cultura digital, las etiquetas identitarias pueden ser (y son) refugio: una forma de encontrar amigos, lenguaje y alivio frente a la soledad. Pero cuando la pertenencia pasa por la analítica, los incentivos se distorsionan. La versión más extrema, más teatral, más “clipable” del yo se convierte en la que la plataforma premia. Algunos chicos se pondrán el disfraz y seguirán adelante. Otros, especialmente los ansiosos o aislados, pueden aferrarse más porque el feed aplaude con más fuerza.
Y los adultos no son inmunes. Los mismos sistemas que impulsan videos therian también amplifican la indignación contra ellos. El pánico moral es una presa favorita de la plataforma, y la estigmatización y sus efectos pueden ser muy peligrosos, incluso violentos (digital y físicamente).
En adolescencia, la construcción de identidad es central y el entorno digital amplifica y recompensa comportamientos visibles. La pregunta no es solo qué significa el fenómeno, sino cómo los algoritmos influyen en su expansión.
Por eso, detrás del adolescente que dice “me siento animal” hay mucho más: la curiosidad supera la burla y el apoyo supera la vergüenza. Pero la empatía sin responsabilidad es rendición. Si un algoritmo puede convertir el juego en contenido identitario, también puede convertir ese contenido en un riesgo para muchos jóvenes.
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