Omitir el nombre de Israel en el título no es fortuito. Es para corregir la distorsión que atribuye a los israelíes la masacre en Gaza, cuando en la realidad el verdadero culpable no es el pueblo judío, que también sufre las consecuencias de la condena mundial cuando los verdaderos responsables son los que dirigen esa política criminal.
No se puede acusar al pueblo israelí de las acciones criminales; un seguimiento desapasionado de los hechos muestra en su propio territorio multitudinarias manifestaciones para que finalice la masacre y exigir el retorno sano y salvo de los rehenes.
Emblemática fue la interrupción “en vivo” de un grupo de jóvenes en la TV israelí de la versión de ‘Gran Hermano’ para gritar: ¡Debemos detener la guerra en Gaza!
Se cita también la labor humanitaria de las ONG israelíes B’Tselem y Médicos por los Derechos Humanos que acusan al gobierno de ejecutar un genocidio y se esfuerzan en entregar ayuda.
Se intenta ocultar esa verdad; tampoco es objetivo culpar únicamente a Netanyahu porque no actúa solo, son cómplices la cúpula de su partido Likud y aliados, los militares y los líderes mundiales que con su doble discurso facilitan dinero y armas.
Esa es la verdad que se intenta ocultar, y para eso han asesinado en Gaza más de 230 periodistas, reporteros, camarógrafos y fotógrafos, los cinco más recientes el domingo, entre ellos Anas Al Sharif, corresponsal de Al Jazeera, persona muy conocida.
Los gobernantes de Israel le temen a la verdad. Por eso durante la reciente guerra de “Los 12 días” con Irán suspendieron la transmisión de sus propios medios de comunicación para ocultar las protestas de la gente que se resistía a seguir metida en refugios. Por ese miedo fue también el ataque a la televisora iraní, con la valiente imagen de la presentadora Sahar Imani que desafió las bombas.
El asesinato de periodistas, como denuncia Reporteros Sin Fronteras, procura vanamente controlar lo que se informa y recluirlos en zonas limitadas para enmascarar los crímenes de guerra.
Un clamor generalizado debiera retumbar en todo el mundo, exigir respeto y protección para la población civil; que no se impongan límites al derecho de informar ni se opaque el grito de ponerle un alto al genocidio.
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