SAN FRANCISCO DE MACORÍS. – El obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís, monseñor Alfredo de la Cruz Baldera, hizo un llamado vehemente y paternal a los congresistas nacionales a no ceder ante las presiones ideológicas que, según expresó, disfrazan la cultura de la muerte con ropajes de un falso progreso.
Indicó que el verdadero avance está en aprobar un nuevo Código Penal que dote a la República Dominicana de las herramientas necesarias para luchar por la justicia, defendiendo la vida de todos, sin excepciones.
El prelado manifestó que, como pastor de esta porción del pueblo de Dios, constata a diario el sufrimiento causado por la delincuencia, la corrupción y la falta de un marco legal robusto que garantice la justicia y la paz social.
“La República Dominicana necesita con urgencia un nuevo Código Penal para fortalecer el Estado de derecho, combatir eficazmente la criminalidad, proteger a las víctimas y ofrecer seguridad jurídica a todos los ciudadanos. La aprobación de este código no es una opción; es una emergencia nacional para el resguardo del bien común”, proclamó monseñor De la Cruz Baldera.
Reflexión pastoral sobre la urgencia del Código Penal y la defensa de la vida
Monseñor De la Cruz Baldera expresó su consternación ante el hecho de que la necesaria aprobación del nuevo Código Penal se vea permanentemente postergada por un único punto de disenso: la propuesta de incluir las llamadas «tres causales» para la despenalización del aborto.
“Este enfoque casi monotemático, que acapara el debate público y legislativo, se ha convertido en una excusa que impide a nuestra nación avanzar. Mientras nos enfrascamos en una batalla que atenta contra la vida del más indefenso, el resto del andamiaje jurídico que la sociedad necesita para su orden y seguridad queda en el limbo. No podemos permitir que el futuro de la justicia dominicana sea secuestrado por una agenda que va en contra de la vida misma”, afirmó el obispo en declaraciones ofrecidas a El Caribe.
Agregó que observa con preocupación cómo algunos sectores intentan presentar la legalización del aborto, incluso bajo ciertos supuestos, como una señal de modernidad y progreso. “Esa es una falacia peligrosa. ¿Qué clase de progreso es aquel que descarta una vida humana? ¿Qué modernidad es la que legaliza la eliminación de un ser en su etapa de máxima vulnerabilidad?”, cuestionó.
El obispo sostuvo que el verdadero progreso es aquel que defiende y protege a todos, especialmente a quienes no tienen voz. “La naturaleza misma, en su sabiduría intrínseca, tiende a la supervivencia y a la perpetuación de la especie. Es una trágica y dolorosa ironía que la humanidad, dotada de razón y conciencia por Dios, sea la única especie que busca activamente legislar para facilitar la destrucción de sus propios miembros. En lugar de ser un paso adelante, la aceptación del aborto es tronchar el futuro. Es un acto de autodestrucción social que atenta contra la esencia misma de nuestra humanidad”.
La verdad perenne de la doctrina de la Iglesia
“La Sagrada Escritura es inequívoca. Dios nos conoce y nos ama antes de nuestro nacimiento: ‘Antes de formarte en el vientre, ya te conocía; antes de que nacieras, ya te había consagrado’ (Jeremías 1, 5). El salmista canta la maravilla de la creación en el seno materno: ‘Tú creaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre… Mis huesos no estaban ocultos cuando era formado en el secreto’ (Salmo 139, 13-15)”, citó.
El obispo subrayó que el Magisterio de la Iglesia ha reafirmado esta enseñanza de forma constante, y recordó que el Catecismo de la Iglesia Católica establece que “la vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (CIC 2270).
También citó a San Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae, donde afirma que “el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente” (EV, 57).
“La postura de la Iglesia Católica no es una opinión arbitraria ni una imposición, sino la custodia de una verdad revelada e inscrita en el corazón de cada ser humano: la santidad de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural”, sostuvo.
Finalmente, monseñor Alfredo de la Cruz Baldera pidió a la Virgen de la Altagracia, protectora del pueblo dominicano, que ilumine las mentes y los corazones de quienes tienen en sus manos esta trascendental decisión legislativa.














