La fe cristiana en la que se ha formado este país tiene en la Nochebuena el punto máximo de su creencia, porque se supone que fue una noche como esa, hace poco más de dos mil años, cuando nació Jesús, el mesías, el salvador, el hijo de Dios.
La celebración genera un clima especial que envuelve a toda la sociedad, las familias se reúnen a festejar esa buena nueva que significó para los cristianos la llegada del Niño Dios, cuyo mensaje de salvación promete la vida eterna en un reino que no es de este mundo.
En épocas pretéritas, en los países donde esa noche es invierno, la gente guardaba frutos desecados que se pegaban a los árboles, como augurio de buenas cosechas, lo que dio origen al arbolito iluminado que adorna hogares, comercios y plazas.
La buena noticia del nacimiento de Jesús se celebra también con villancicos, canciones que resaltan su nacimiento en un pesebre, símbolo de la máxima humildad de la que fue capaz el que entraría en la historia como rey de reyes.
Para los niños es tiempo de recibir juguetes nuevos, que implican el ritual de juntar la hierba que se comerán los renos y el agua que han de beber para seguir su camino después de haber dejado los regalos en cada casa, y esa fantasía que llena de magia los corazones infantiles se transmite por generaciones, para formar parte de los recuerdos más luminosos de la niñez.
Desde los más distantes puntos del planeta regresan los hijos de esta patria que han salido a buscar mejores horizontes, pero que nunca olvidan que fue esta la tierra en la que vieron la luz por primera vez, y se acercan a estar junto a los que se quedaron, y disfrutan en el terruño del reencuentro, una forma de darle significado a esa buena nueva que los ángeles anunciaron a los pastores en tierras de Galilea hace más de veinte siglos.
La Nochebuena es un hecho trascendente en la vida de los pueblos, un acontecimiento que compartimos con los mejores deseos de paz y prosperidad para esta tierra y para todos sus hijos.














