Por: Edward Pérez.
En mi vecindario, donde la tranquilidad se valoraba más que el oro y la paz era un tesoro, un fenómeno perturbador se desata cada noche, sin falta, tras las doce campanadas. No son ladrones sigilosos ni fantasmas etéreos; es la infame Cofradía de los Maullidos Nocturnos, una liga de gatos callejeros que ha declarado los techos como su exclusivo parlamento y su impío campo de batalla.
Encabezados por un gato negro y escurridizo que solo aparece bajo la luna más oscura, y una gata siamesa con una voz tan estridente como la bocina de una guagua de pasajeros, estos felinos se reúnen sin miramientos. Les da igual el clima, el día de la semana o si es un bendito feriado. Sus «reuniones» son un caos ensordecedor: maullidos que simulan discursos vacíos, bufidos que son refutaciones mordaces y zarpazos; aunque nadie entiende qué carajo es lo que está pasando.
El objetivo de estas asambleas diarias es un misterio incluso para ellos mismos, o eso creemos los humanos, que les buscamos una lógica. ¿Quizás la conquista del mejor pedazo de techo, el amor efímero de alguna gata coqueta o simplemente el puro y duro placer de hacer ruido? No, los vecinos lo tenemos claro: es para joderle la vida a todo humano que ose intentar descansar.
Y la ironía más cruel es esta: mientras yo, intento describirles estas batallas infernales que nos roban el sueño y la cordura, la Cofradía de los Maullidos Nocturnos duerme plácidamente en sus casas, recargando fuerzas. Como vampiros diurnos, esperan la medianoche para ascender de nuevo a los techos y reanudar su incesante y egoísta campaña de terror acústico.
Moraleja:
«El silencio no es un vacío, es un derecho; la paz no es un lujo, es una necesidad; y la tranquilidad no es una casualidad, es la mejor elección de vida.»
foto de archivo.
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