Cuando la sociedad en que vivimos experimenta determinadas situaciones, como el brote de una enfermedad, un desastre natural o un problema social determinado lo definimos como lo que es, un fenómeno temporal que, una vez atendido se soluciona, a veces totalmente, otras de manera parcial.
Pero el problema de la violencia en República Dominicana no es un brote ni un fenómeno de una época determinada, es un estado constante de deterioro de la convivencia social, que se evidencia en cifras alarmantes en esta época de redes sociales y de veloz circulación de las noticias.
Los muertos a manos de la Policía Nacional arrojan para los primeros cinco meses de este año la escalofriante estadística de 93 víctimas, a razón de 1.4 diarios, mientras que las fuerzas del orden registran en el lapso ocho efectivos, en tanto que el jefe de la institución niega que sean ejecuciones extrajudiciales.
Más violencia hay contra la mujer, que ha cobrado en lo que va de año 32 feminicidios y se trata de un problema que no muestra posibilidades de que vaya a atenuarse, sino que más bien se acentúa.
Tampoco la escuela escapa. El acoso o “bullyng” es una peste que se expande y llega al punto de que adolescentes armados con cuchillos entran a planteles. Otro tipo de violencia lo registra un estudio de Unicef: más del 63 % de niños y niñas de 1 a 14 años ha sido disciplinado con violencia en el hogar. Esa corrección violenta aumenta entre los infantes de 3 y 4 años, que alcanzan el 70 %.
Vivimos en un entorno arropado por la violencia, en una situación que a la misma sociedad se le ha escapado de las manos pese a la disminución, según las estadísticas oficiales, del número de homicidios por 100 mil habitantes.
Esa violencia que está presente en todos los estratos sociales, incluido algunos medios radiales donde el lenguaje soez, el insulto y la descalificación son moneda corriente, constituye un coctel explosivo que, si no es encarado adecuadamente, terminará por convertirnos en el país del sálvese quien pueda.
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