Una agresiva retórica guerrerista sustituye el lenguaje de la diplomacia, mientras pierden vigencia y utilidad entre los Estados las obligaciones recogidas en la Carta de Naciones Unidas.
Marca la tónica y se hace rutina que los países se salten el Derecho Internacional y valores como la paz, la justicia, el respeto, los derechos humanos, la tolerancia y la solidaridad. Y lo que gana terreno es el afán de los gobiernos por aumentar sus presupuestos de defensa, a costa del bienestar de sus ciudadanos, porque la doctrina que impera es la lógica absurda de que la fuerza traerá la paz.
Los conceptos diálogo, entendimiento mutuo y hasta negociación, están ausentes del vocabulario de la casi totalidad de los “líderes” que la humanidad se gasta hoy día, mientras hasta el propio secretario general de la ONU, António Guterres, advierte sin tapujos la incapacidad del organismo para resolver problemas concretos y puntuales.
Inclusive, ya no solo hablan de Complejo Militar Industrial, aquellos que promueven y llevan a los pueblos a las guerras, con lo que se bañan en millones de dólares con cada conflicto, sino de Complejo Militar Industrial y Digital-Tecnológico, lo que pone en acción sistemas en la nube o algoritmos de Inteligencia Artificial que predicen comportamientos y seleccionan objetivos militares.
Para más maldad, esas empresas, contra las que hay denuncias comprobadas, usaron la guerra entre Rusia y Ucrania como señuelo, un laboratorio “en vivo” para probar armas, tanques, defensa antiaérea y municiones, que luego se venden “como pan caliente” por su efectividad ya comprobada. Pero no hay que desistir de la lucha para que haya paz, aunque por el actual derrotero lucen risibles los esfuerzos que por separado en 2017 y 2019 desplegaron diez premios nobel de la paz para pedir un compromiso mundial por la convivencia y la armonía.
El propio papa Francisco prácticamente enronqueció con su grito contra toda guerra y porque la ausencia de paz se estuviera convirtiendo en uno de los mayores padecimientos de la humanidad. El mismo camino desanda León XIV al continuar con la firme prédica que busca evitar que las guerras se transformen en una “vorágine irreparable”.
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