Hay sucesos que el tiempo no logra sepultar, porque dejan de ser simples recuerdos y pasan a convertirse en parte del alma de un pueblo. Son heridas silenciosas que nuestras memorias guardan con respeto, episodios que cada generación vuelve a nombrar con la misma tristeza con que fueron vividos.
Así permanece en Loma de Cabrera la muerte de Adán: un acontecimiento que no solo enluta a una familia, sino que estremeció profundamente a toda la comunidad, porque cuando se apaga una vida joven, trabajadora y llena de sueños, el dolor deja de ser individual y se vuelve de todos.
Adán era atleta. Su cuerpo fuerte y disciplinado era reflejo de una vida dedicada al esfuerzo y a la superación. Participó en varias competencias, llevando siempre consigo el orgullo de representar lo mejor de la juventud de su comunidad. Pero más allá de su condición física, era un joven trabajador, padre de familia, un hombre con responsabilidades y con un futuro que parecía abierto y prometedor.
Corría el mes de noviembre del año 1993. Aún hoy, al recordar ese día, la nostalgia se impone y las lágrimas amenazan con brotar. Lo recuerdo pasando frente a mi casa, deteniéndose un instante para saludarnos, sin saber ninguno de nosotros que ese sería el último saludo, la última imagen viva antes de que la tragedia le arrancara la vida de manera tan cruel e inesperada.
Todo inició en el Progreso Bar, un domingo en la mañana. Un pleito entre amigos, de esos que nunca deberían pasar de las palabras, fue el primer eslabón de una cadena de hechos lamentables. Adán se fue a su casa, quizás buscando calma, quizás intentando dejar atrás el mal momento.
Pero más tarde regresó, esta vez a Disco Terraza Los Robles, sin imaginar que allí le aguardaba la desgracia.
Fue en ese lugar donde ocurrió el hecho que consternó al pueblo entero. Ambos forcejearon, resultando heridos, y fueron llevados de emergencia al hospital Dr. Ramón Adriano Villalona.
Ante la gravedad de la situación, fueron trasladados a Santiago en la misma ambulancia, con la esperanza de salvarles la vida. Sin embargo, el destino fue implacable: Adán murió en el trayecto, dejando un vacío inmenso en su familia, en sus amigos y en toda Loma de Cabrera.
A todo ese dolor se sumó un recuerdo, cargado de un simbolismo que aún hoy estremece el alma. Recuerdo que, a la llegada del féretro al sector donde vivíamos, el cielo se cubrió de nubes y la lluvia se hizo sentir con fuerza. No fue una lluvia cualquiera: parecía un llanto, como si la naturaleza misma se uniera al duelo del pueblo.
Cada gota caía como una señal silenciosa, como un mensaje enviado desde lo alto, acompañando el último adiós a Adán, confirmándonos que incluso el cielo lloraba su partida.
Y como si el tiempo quisiera mantener viva la memoria de aquel dolor, el día del novenario volvió a llover con intensidad. No fue solo un fenómeno natural; fue un momento profundamente reflexivo para quienes estuvimos allí. La lluvia caía lenta y persistente, envolviendo el ambiente en un silencio reverente, como si el cielo se inclinara otra vez ante su recuerdo.
Muchos sentimos que era una señal, una forma misteriosa de recordarnos que las vidas buenas no se olvidan, que permanecen sembradas en la memoria de su gente. Aquella lluvia del novenario no solo mojaba la tierra: parecía lavar la tristeza, transformar el llanto en resignación y convertir la ausencia en recuerdo eterno.
La muerte de Adán no solo apagó la vida de un atleta y de un padre, sino que nos dejó una lección amarga sobre lo frágil que es la existencia y sobre cómo, en un instante, todo puede cambiar. Su recuerdo permanece vivo, no solo por la forma trágica en que partió, sino por la huella de esfuerzo y juventud que dejó en cada corazón que lo conoció.
Que su memoria descanse en paz y que nunca olvidemos lo ocurrido, para que hechos así no vuelvan a repetirse.

Por Charles Pérez.
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