Aunque las rebeliones contra la anexión a España resuelta por el gobierno de Pedro Santana habían comenzado a principios de 1863, fue el 16 de agosto ese mismo año cuando un grupo de hombres, liderados por Santiago Rodríguez, en una audaz incursión al cerro de Capotillo, en Dajabón, izaron el pabellón dominicano, hecho que se considera el principio de la guerra de restauración, para recuperar la independencia dominicana.
Ese hecho, que los libros de historia registran como “El grito de Capotillo”, fue el comienzo de un movimiento nacional, que historiadores como Roberto Cassá describen como una lucha anticolonial que ratificó la aspiración de autonomía y definió la singularidad cultural dominicana. Para Juan Bosch, en cambio, ese movimiento consolidó la verdadera independencia nacional.
Lo que debemos atesorar y guardar en la memoria popular es que se trata de una guerra a la que se sumaron muchos dominicanos que tenían claro que, a apenas 17 años de haber expulsado a los ocupantes haitianos de nuestro territorio, este país no estaba, ni estaría dispuesto nunca más, a someterse a ninguna otra dominación extranjera.
Los aguerridos luchadores que sacrificaron sus vidas y sus bienes en aquel movimiento, en principio un grupo de campesinos mal armados y con escasa o ninguna preparación militar, tenían claro un propósito; que la República Dominicana fuera por siempre libre e independiente y jamás volvería a ser colonia de nadie.
De ahí que aquel “Grito de Capotillo” tiene para la historia una significación prácticamente idéntica a la del “Trabucazo de Mella” y es un deber de todo dominicano que conozca sus raíces y su historia, rescatar para la posteridad el valor y el coraje de aquellos patriotas que lucharon en la guerra restauradora.
Al cumplirse 163 años de aquella epopeya exaltamos los nombres de Santiago Rodríguez, Benito Monción, Segundo Rivas, Pablo Reyes, Juan de la Mata, Alejandro Bueno, Eugenio Belliard, Juan de la Cruz Álvarez, Sotero Blan, José Angulo, San Mézquita, José Cabrera, Tomás Aquilino Rodríguez, y al insigne general Gregorio Luperón; “Primera Espada de la Restauración”.
La gloria sea con aquellos ilustres dominicanos, ejemplo de patriotismo para las generaciones venideras.














