para celebrar o conmemorar un día para todo, para cualquier motivo, lo que no necesariamente es cierto porque lo que para alguien no importa o es intrascendente, para otros tiene significación.
Es el caso de un nuevo día para celebrar incorporado por la ONU al calendario, tan recientemente como el pasado 4 de marzo de este año: el Día Internacional de la Esperanza, instituido para el 12 de julio a través de la Resolución A/RES/79/270.
Según la Real Academia Española de la Lengua, la esperanza es el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”, es una virtud teologal que significa esperar a que Dios otorgue los bienes que ha prometido, pero también un motor interior que mueve la existencia de las personas, que alimenta sus sueños y las motiva a trabajar, a planificar, a confiar en que habrá un mañana mejor.
La ONU la considera un derecho universal de todos los seres humanos a aspirar a un mejor nivel de bienestar, de paz y a la justicia, lo cual aunque parezca utópico tiene una enorme significación en un mundo signado por las guerras y las migraciones, azotado por el calentamiento global y el cambio climático.
Quizá la mejor manera de celebrar el flamante Día Internacional de la Esperanza sea asumirlo como un acto de resistencia contra una serie de realidades que parecen imposibles de cambiar, lo que la misma evolución del mundo demuestra a través de conceptos como la “aceleración de la historia” del estudioso Robert Koselleck.
Los nacidos en la segunda mitad del siglo pasado han visto la aceleración de la tecnología, desde los discos de vinilo reemplazados por magazines, después por cassettes, luego por compact-disc y ahora por sistemas de descarga en línea; los teléfonos lineales, inalámbricos y el actual celular que mucho más que un teléfono, es un sistema de archivo personal que transportamos en el bolsillo.
Si hemos visto y vivido todos estos cambios, posiblemente nadie está en mejores condiciones como para creer en la esperanza, en que a pesar de todo el mundo camina hacia adelante y en algún momento las cosas cambiarán para mejor, porque ese motor vital que mueve a la humanidad jamás dejará de latir en cada ser humano. l
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