“Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”, escribió alguna vez el poeta italiano Césare Pavese y hoy, en el Día Mundial de la Infancia, hacemos nuestro el lema acuñado por Unicef: Los datos cuentan que la niñez no puede esperar.
La Convención de los Derechos del Niño establece una serie de obligaciones para los gobiernos y para la sociedad en general, incluidos los padres, acerca del trato digno que debe darse a los niños, su derecho al juego, a una atención sanitaria adecuada y a una educación, entre otras.
Los procesos migratorios irregulares en el mundo actual atentan contra uno de los primeros derechos de los niños: a un nombre y a una nacionalidad, realidad que se vive en los países que reciben contingentes migratorios.
Todos sabemos, porque lo recordamos, lo difícil que es ser niño en un mundo de adultos. Lo vemos cuando no se les tiene paciencia, o cuando, como nuestros legisladores, se cree que los golpes son un método pedagógico.
Lo vemos en ciertos cartelitos que comparan la infancia de hoy con la de hace cuarenta años, que ponen una correa, una vara y una chancleta y frases como “con esto me enseñaron a respetar a los mayores, a respetar los horarios de comida y a obedecer a los maestros” y otras tonterías parecidas.
El mundo actual es bien diferente, muchos niños pasan la mayor parte del día en la escuela, la mesa familiar es una tradición sepultada por los horarios porque los padres tampoco almuerzan en la casa, y otro grave problema es que a los niños no se los escucha debidamente ni se tienen en cuenta sus inquietudes.
La mejor manera de celebrar estas fechas es informarse sobre los derechos de los niños, colaborar con ONG dedicadas a su protección, donar ropas, juguetes y libros a los hospitales y casas-cuna.
Y sobre todo, recordar cómo fue nuestra propia infancia para no repetir con los niños de ahora los errores que cometieron los adultos con nosotros.
fuenteelcaribe.com














