Ayudar a las personas en zonas de conflictos o donde hayan ocurrido desastres naturales, epidemias o brotes de enfermedades, hambrunas y desplazamientos forzosos, entre otras situaciones extremas, es una tarea que muy pocos se animan a afrontar y quienes lo hacen merecen un reconocimiento por el riesgo que corren, porque trabajan donde nadie más quiere ir.
Las personas que brindan ayuda humanitaria se arriesgan a trabajar en entornos peligrosos, sobre todo porque los países en guerra ya no respetan reglas mínimas del derecho internacional y bombardean hospitales y escuelas, o utilizan el hambre como arma, al bloquear el paso de camiones con alimentos.
Solo en 2024 fueron 383 los trabajadores fallecidos, durante 2025 más de 350 y en lo que va de 2026 al menos 82 trabajadores humanitarios y voluntarios perdieron la vida mientras ejercían sus labores, lo que da una idea del peligro al que se enfrentan solo por tratar de llevar ayuda a quienes sufren la pérdida de sus hogares, de su hábitat y de su familia.
El Día Internacional de la Asistencia Humanitaria se conmemora cada 19 de agosto, instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2008, en atención a que, en 2003, precisamente el 19 de agosto, un camión-bomba estalló contra la sede de la ONU en Bagdad y murieron en ese atentado 22 personas, entre ellas el diplomático brasileño Sergio Vieira de Mello, alto comisionado de la ONU para los derechos humanos.
Un trabajador humanitario se topa cada día, cara a cara, con el lado más desastroso, y acaso más inaceptable de la vida, obligado a convivir con personas por las que poco puede hacer y que dependen de su mínima ayuda para subsistir, mientras los responsables de la destrucción toman sus decisiones desde despachos confortables y viven en total impunidad.
Es un deber de todos reconocer el trabajo que hacen estos hombres y mujeres humanitarios y voluntarios a la vez, pero también hay que indignarse contra los que dirigen las potencias que arman guerras para defender sus oscuros intereses, y sumarse a todos los llamados de paz que formulan unos pocos líderes sensatos.
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