Por: Edward Pérez
La República Dominicana no se explica, se padece y se disfruta. Definirla como una «sociedad» en el sentido sociológico tradicional —un conjunto de individuos que colaboran bajo normas comunes para un fin colectivo— resulta, a menudo, un ejercicio de optimismo. En la práctica, Dominicana se manifiesta más bien como un organismo vivo, vibrante y contradictorio; una masa de gente unida por un orgullo visceral, pero fragmentada por pasiones que rozan lo irracional.
El Odio Estacional: Política y Pelota
El dominicano ha elevado la diferencia de opinión a la categoría de conflicto existencial. Durante la campaña política, el vecino deja de ser el aliado para convertirse en el «enemigo del bando contrario». La ideología se desplaza para dar paso al fanatismo de colores. Lo mismo ocurre cuando el rugido del estadio sustituye al del mitin: en la temporada invernal, la lealtad al equipo de béisbol tiene el poder de silenciar mesas familiares. Es una fragmentación tribal donde el color de una gorra o de una bandera partidaria dicta quién merece nuestra palabra.
La Solidaridad del «Cuando en Vez»
Sin embargo, esa misma gente que se «odia» por un out o por un candidato, posee una naturaleza de auxilio casi heroica. El dominicano es capaz de darlo todo cuando uno de los suyos atraviesa una desgracia. Ante la enfermedad, el luto o la catástrofe, esa «masa de gente» olvida los bandos y se vuelca en una solidaridad orgánica y desinteresada. Es aquí donde reside la primera gran contradicción: somos capaces de morir por el prójimo en la tragedia, pero incapaces de convivir con él en la diferencia de opinión.
La Ética del Espejo:
La relación del dominicano con la norma es, cuanto menos, selectiva. Existe una intolerancia ruidosa hacia la corrupción, siempre que sea cometida por el «otro». Si el pecado es propio o del grupo al que pertenecemos, la indignación se transmuta en justificación o silencio cómplice.
Esta desconexión entre el ser y el deber se manifiesta físicamente en nuestras calles. Llevamos la patria tatuada en el pecho y la bandera en el perfil de las redes sociales, pero lanzamos la basura al asfalto sin pestañear. Para el dominicano, el «orgullo patrio» es un sentimiento, no una práctica ciudadana. Entendemos el derecho a vivir en un país limpio, pero delegamos la responsabilidad total en un alcalde, olvidando que la patria se construye también con lo que no se tira al suelo.
Derechos sin Deberes:
La Patria de la Bienvenida Selectiva
Vociferamos nuestros derechos en cada esquina, pero los deberes parecen ser sugerencias opcionales. Exigimos orden mientras fomentamos el caos. Y en esa misma línea de incoherencia, nos jactamos de ser un pueblo hospitalario que recibe a todos con los brazos abiertos, excepto a aquellos que, desde la base de la pirámide, mueven los engranajes más duros de nuestra economía. Amamos al extranjero que nos visita, pero miramos con recelo al que nos sostiene con su mano de obra.
¡Que viva la Incoherencia!
Ser dominicano es vivir en un estado de disonancia cognitiva permanente. Somos un pueblo que se siente orgulloso de su origen en cualquier rincón del mundo, pero que a menudo maltrata el origen mismo en su propia tierra. Somos incoherentes, apasionados, injustos y extremadamente nobles, todo al mismo tiempo.
🇩🇴🇩🇴🇩🇴🇩🇴🇩🇴
Dominicana no es una sociedad organizada, es una experiencia emocional. Y a pesar de los gritos, de la basura en la calle y de las peleas por un color, esa «raza rara» sigue celebrando su existencia con una fuerza que desafía cualquier lógica. Que viva la patria, con todo y su desorden, porque al final, solo un dominicano entiende el orgullo de pertenecer a este hermoso y caótico rincón del Caribe.
dajabon24horasrd.com














