Ahora la desgracia llega a cuatro soldados salvadoreños, que se inscriben en una página más de un largo cuento que dice que con la creación de una Fuerza Antipandillas se doblegará el poder de las bandas.
Con esa ilusión dizque se iniciaría una nueva etapa con elecciones presidenciales incluidas. Como un sueño dorado: Una fuerza que se encargue, entre otras tareas, de asegurar el libre movimiento de agua, combustible, alimentos y productos médicos de los principales puertos y aeropuertos a las comunidades e instalaciones sanitarias.
Es como si se olvidara que en un momento hubo en Haití más de 20 mil cascos azules de la ONU y no fueron capaces de resolver nada, o tal vez sí, tuvieron la capacidad de dejar cientos de niños violados y más de 200 bebés, hijos de integrantes de la fuerza pacificadora de la ONU, el 99% fruto de relaciones forzadas de esos soldados con jovencitas haitianas.
En un momento de los tantos en que se discutía este tema en la ONU, casi coincidimos en su totalidad con una fuerte expresión del canciller de entonces. Proclamó Roberto Alvarez, con un trasfondo de impotencia, que Haití no necesita fuerza de paz para enfrentar la crisis humanitaria, sino el despliegue inmediato de una fuerza armada internacional especializada y en cantidad suficiente.
Con lo sucedido a los soldados de El Salvador, es como si volviéramos al punto de partida. Preocupación, declaraciones, y al representante de la ONU para Haití, como si hablara para un país mínimamente estable y no de la tierra del sálvese quien pueda, hablar de un calendario electoral que se apoye en una revisión “realista” de la situación y en coordinación entre el Gobierno y el Consejo Electoral.
Aspiramos a que los soldados salvadoreños estén sanos y a salvo, pero el episodio debe servir para replantearse las misiones venideras y que ningún soldado de ningún país sea enviado como carne de cañón a un terreno contaminado de inseguridad, plagado de incertidumbre y con tantos cabos sueltos.
fuenteelcaribe.com.














