El presidente Abinader se comprometió a transformar la Policía Nacional con un plan integral, y no le ha faltado voluntad para ello.
En este proceso hubo cambios positivos para dignificar a los agentes, tanto en sus niveles salariales como en sus condiciones materiales de vida.
Por tanto, no reflejan la realidad las críticas como si se partiera desde cero, lo que se advierte en la atmósfera creada tras la muerte del joven Darlin Mercado Reyes, en un sector de Herrera.
Inclusive, por esa falsa percepción se corre el riesgo de que cambie de curso la ruta definida y que la precipitación lleve a maltratar el proyecto, una señal que dio el presidente del Senado al prometer su aprobación antes de finalizar la legislatura el 26 de este mes.
El proyecto de ley orgánica de la Policía reposa en manos de los congresistas desde diciembre pasado, prácticamente engavetado, por lo que agendarlo abruptamente equivaldría a festinarlo.
Lo razonable y lógico es que no haya precipitación por la entendible presión debido aluvión de objeciones que recibe actualmente, de parte de una opinión pública que ha visto en la muerte del joven de Herrera a la misma policía de siempre, la de los abusos y excesos, reactiva y desvinculada de la ciudadanía.
Pero en honor a la verdad, la policía de ahora no es la de los tiempos en que solo formaba parte de los organismos represivos del Estado, la de la cultura del “tránquenlo” y los tribunales judiciales policíaco-militares.
El resquemor es que los congresistas pretendan lograr en dos semanas lo que no hicieron durante casi ocho meses, porque el resultado no podría ser diferente al tipo de empantanamiento que hay con los códigos Laboral y Penal.
Ni siquiera ha sido presentado el informe de la Comisión Especial, por lo que deviene peregrina la afirmación de Ricardo de los Santos de que existe más de un 90% de probabilidad de aprobación.
Evitar que el proyecto pase entre gallos y medianoche, más que una opinión, es un sano consejo a nuestros honorables legisladores.
fuenteelcaribe.com














