En abril llegaron a Haití las primeras tropas extranjeras procedentes de Chad para dar cumplimiento al mandato que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en septiembre: el despliegue de 5.550 efectivos de una Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF). Ese anuncio fue bien recibido por la comunidad internacional, como los aportes económicos que empezaron a fluir, incluido uno de República Dominicana de US$20 millones en dos partidas.
Pero, como decimos aquí, la felicidad en casa de pobre dura poco, y desde el pasado fin de semana recrudeció la violencia de pandillas, que ha obligado a miles de personas a huir de sus hogares.
La inseguridad campea y atención a esto: el fabricante de ron haitiano Barbancourt y dos de las embotelladoras más grandes del país han alertado sobre el deterioro de las condiciones de seguridad cerca del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, cuyas operaciones están severamente restringidas.
Estas empresas, que figuran entre los principales contribuyentes fiscales de Haití, afirman que la respuesta del gobierno a la crisis ha sido “en gran medida insuficiente”.
Las pandillas controlan más del 90% de Puerto Príncipe, y según reportes policiales han extendido sus actividades —que incluyen saqueos, secuestros, agresiones sexuales y violaciones— a zonas rurales.
Si tomamos en cuenta que en los últimos veinte años Haití ha tenido tantas intervenciones externas, se pierde el asombro y se confirma que es un territorio del sálvese quien pueda.
Resulta preocupante la frecuencia con la que se producen allí hechos de violencia, secuestros y muertes, y todo sigue igual, como si nuestros vecinos estuvieran acostumbrados y convencidos de que nunca saldrán de su pesadilla.
La realidad palpable, ante tantas y fallidas intervenciones externas, es que ninguna medida prosperará si la respuesta a su crisis no proviene de los propios haitianos.
Lo positivo es que las autoridades dominicanas no han bajado la guardia ni descuidan la vigilancia en prevención del siempre posible desborde migratorio y sus imprevisibles consecuencias.
Somos el país donde repercute primero y con mayor intensidad la crisis haitiana, de ahí nuestra preocupación ante los magros o nulos resultados de cada intervención externa.













