Por: Edward Pérez
En un barrio de voces y muros inquietos, vivía una familia de grandes decretos; no daban órdenes, daban censura, midiendo al gobierno con vara de altura. «¡Ladrones!», gritaban, «¡Ineptos! ¡Tiranos!», con el dedo índice siempre en las manos.
Y al lado del coro, en jaula dorada, una vieja cotorra de lengua afilada, repetía los ecos de aquel vituperio, vituperando a todo el imperio. Veinte años pasaron de grito y de saña, tejiendo del odio una fuerte telaraña.
Mas quiso el destino, o quizás el azar, que el pueblo a los críticos fuera a elevar. Subieron al trono, tomaron la vara, y el sol de justicia brilló en su cara… pero apenas sentados en silla de mando, empezaron los dueños a estarse acechando.
No buscaban fallos de ética o ley, sino culpas de sangre, de estirpe y de grey; se espiaban los unos, a los otros, con celo, buscando la herida de su compañero para hundirles el dedo.
Pasaron los años y el vicio creció, lo que antes criticaban, en ellos floreció. Si el previo robaba un grano de arena, estos vaciaron la playa completa y la ajena. Multiplicaron al cubo el error y el desvío, dejando a los campos sin monte ni río.
Llegó la crueldad a saquear incluso el refugio de los cuerpos rotos. Sin piedad, despojaron el templo del alivio, dejando que el último aliento de los viejos y el quejido de los enfermos se perdieran en la frialdad de los pasillos. Y mientras la muerte rondaba sin remedio, el director ceñía en su muñeca un reloj de un cuarto de millón de dólares; una joya obscena que marcaba, la misma hora que un reloj de arena.
¿Y la cotorra? ¿La gran vocinglera? Ya no gritaba en la blanca escalera. Callaba su pico, guardaba el decoro, pues no eran insultos, sino granos de oro. Tenía el buche tan lleno de ricas migajas, que el silencio era el precio de aquellas ventajas.
Entre banquetes y un pueblo olvidado, no vieron el cerco que fue preparado. Los que antes mandaban, en la sombra escondidos, anotaban los pasos de los hoy corrompidos. Expedientes de hierro, verdades de roca, para cerrar para siempre aquella gran boca.
Cuando el mazo del juez caiga sobre el nido, el sueño de grandeza quedará destruido. Sin agua, sin luz y sin más heredad, la familia enfrentará su propia verdad:
No existe tribunal más implacable ni código más perpetuo que la memoria del rencor cuando se vuelve espejo. Al final, el verdugo descubrirá que la soga que trenzó con saña tenía su nombre enredó como tela araña.
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