Despedir el año que se va y aceptar como un desafío el año que comienza, tal vez sea la mejor manera de afrontar la vida. La fiesta en familia, los brindis repetidos, los proyectos y hasta el necesario balance forman parte del ceremonial que se repite cada trescientos sesenta y cinco días.
Pero cabe enfatizar que lo recomendable es recibirlo en familia, rodeados de los seres queridos, con el recuerdo de los que ya no están, mantener la paz y disfrutar de la estabilidad que, en general, vivimos en nuestro país.
La alegría de los reencuentros, las reconciliaciones, el recuento de lo que se ha logrado en estos doce meses, forma parte de la búsqueda del necesario equilibrio emocional al que tenemos derecho.
En la columna de las ganancias debieran incluirse todas las veces que hemos reído, que fuimos felices, que brindamos nuestra ayuda, que apoyamos causas benéficas y mediamos en alguna disputa.
En la inevitable planilla de las pérdidas, en cambio, deben figurar todos los enojos, las discusiones inútiles, las veces que nos negamos a dar el brazo a torcer, los errores que no reconocimos, las enemistades que creamos a propósito, entre tantas otras acciones negativas de las que no podemos culpar a nadie.
De ahí que, entre proyectos y propósitos, acaso lo mejor sería comprometerse a tomar los tiempos necesarios para hacer aquello que nos satisface, que nos hace reír.
Frecuentar a personas que nos ayudan a ser nuestra mejor versión, darse tiempo para reflexionar, llevar una alimentación balanceada y hacer ejercicio, leer un poco más, que son formas de cuidar el cuerpo y el alma.
Evitar las discusiones estériles, las fiestas ruidosas, los gastos innecesarios, la necesidad de aparentar, el afán de sobresalir y hacerse notar, respetar los puntos de vista de los demás sin descalificar a nadie, aceptar la diversidad, entre otras actitudes.
Lo que debiéramos proponernos no son enormes cambios, sino pequeñas modificaciones que, sumadas a lo largo del año, podrían situarnos en la tranquilidad que todo el mundo anhela, y alcanzar la necesaria quietud de espíritu que acaso sea la esencia de la vida.
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